Es un hecho innegable que los tiempos cambian, las sociedades evolucionan y el entorno se transforma. El actual panorama sociocultural de España poco o nada tiene que ver con el de los años cincuenta del siglo pasado, época en la que muchos españoles se vieron obligados a emigrar, como consecuencia de los estragos económicos que provocó la crisis de la postguerra.
Medio siglo después, la situación ha cambiado y en poco tiempo, hemos pasado de ser un país que exportaba mano de obra poco cualificada a convertirnos en un país receptor de esa mano de obra, y también de profesionales altamente cualificados. No fue fácil en aquella época y tampoco lo es en ésta, pues en general cuando el inmigrante llega al país de acogida, se ve inmerso en un largo proceso de adaptación que empieza con la llegada a una cultura, costumbres y forma de expresarse, totalmente diferentes a la del lugar de su procedencia.
Es absolutamente normal que en ese proceso de integración, el migrante presente sentimientos confusos y difíciles de gestionar, debido a que en la mayoría de los casos será preciso un cambio de mentalidad para sentirse aceptado en el nuevo entorno. No se pretende que el migrante renuncie a su propia identidad cultural porque entendemos que ello le dignifica en su persona pero si le será exigible respeto en todo caso, y resignación a la hora de adoptar como suyos los nuevos valores y costumbres.
Resulta inevitable que la llegada a una nueva cultura provoque desajustes emocionales e intelectuales, e incluso en alguna ocasión, graves crisis de identidad. Pues el migrante, una vez en destino debe hacer frente a sentimientos no experimentados antes de su partida. Quizás lo más traumático sea el duelo que supone la separación de sus seres queridos, lo cual genera momentos de profunda tristeza y soledad. Pero el migrante también tiene que asumir otros roles, como lidiar diariamente con cierto desconocimiento de la nueva realidad, verse obligado a aprender una nueva lengua o nuevas formas de expresión, interesarse por una cultura diferente, formar parte de un paisaje que a priori le es ajeno, adaptarse a su nuevo estatus social, y además tomar la iniciativa de socializar si quiere fomentar la pertenencia al grupo. Esta mezcla de sentimientos, sin llegar a ser una patología, comporta un inevitable grado de estrés que el migrante debe aprender a gestionar como parte de su proceso de adaptación.
En Emigralia conocemos la importancia de estar bien informados antes, durante y después de un desplazamiento migratorio. Es imprescindible contar con el apoyo de un profesional experto en la materia y conocedor de su entorno para dar respuesta a todas y cada una de las dudas que van surgiendo a lo largo del camino. Tomar la decisión de emigrar, nunca ha sido fácil, y por ello y con razón se dice, que emigrar es de valientes. No obstante, al margen de las variables y oportunidades que puedan presentarse, no debemos obviar que el pretendido éxito siempre será proporcional al nivel de conocimiento que se tenga del lugar destino, y de la actitud que decidamos asumir. Dicho de otro modo, cuanto mejor informados estemos del lugar al que pretendemos trasladarnos y más receptivos seamos al nuevo entorno, mucho más fácil nos resultará asumir los cambios e integrarnos en la nueva sociedad. No se trata en ningún momento de renunciar a nuestra propia identidad, más bien de hacer de ese hecho diferenciador nuestro estandarte para ajustarnos con entusiasmo a los nuevos patrones de comportamiento, sin olvidar la esencia de nuestro origen.






